top of page

Símbolos perdidos... el código de la vida

  • Alejandro Ruiz
  • 26 jun 2016
  • 3 Min. de lectura

Los momentos meditativos y de silencio, son los principales detonantes, provocadores, más sutiles del dilema existencial. Es la caída del sol sobre el horizonte en un melancólico atardecer, lo que detiene los pensamientos. Es la distancia, el espacio abierto de una verde llanura, lo que hace que se pierda y quede absorta la mirada. Es el recuerdo efímero, profundo y grato de los momentos felices, lo que conmueve y emociona la parte íntima y sensible del ser humano.

Contrasta este lado con la parte vivida de las frustraciones y traumas, que provoca la realidad densa y compleja de la conducta humana. Las interrogantes que surgen, tras las adversidades espontáneas del diario vivir, son inevitables. Las insatisfacciones que provocan los modelos culturales, religiosos y sociales, dirigen al hombre, irremediablemente al camino de la confusión y desconcierto, obstáculos férreos que impiden identificar la clave correcta, reveladora de la hermética simpleza de vivir.

Las culturas antiguas, los pobladores de lugares remotos olvidados por el tiempo, nos dejaron muestras de las enseñanzas ideales que mostraban el camino y las herramientas para entender la razón y lógica de la vida, de una manera simple, libre de complejidad. Nos legaron un conocimiento milenario que se esconde ante nuestros ojos, lleno de simbolismos y de completa sabiduría que ellos reconocieron plasmados en la naturaleza, en sus manifestaciones y expresiones más comunes.



La historia nos dice que los sabios de la antigüedad poseían ese conocimiento revelador de muchos de los actuales enigmas, de nuestras interrogantes. Sus modelos de vida y dedicación a la búsqueda de esa verdad eterna, eran reflejo de los preceptos que su orden religioso les dictaba. La explicación de los conflictos existenciales y sus respectivas consecuencias, los expresaban en el simbolismo de sus creencias, en sus escritos, en sus obras, artísticas, literarias, arquitectónicas y en sus descubrimientos científicos.



Los grandes eventos de la humanidad, claramente muestran esa relación, ese fino hilo conector de simbolismos, que solo unos privilegiados sabios del pasado, lograban ver y predecir como presagio o profecía. En unos lugares eran los chamanes, en otros brujos, en algunos adivinadores; personajes que ostentaban un sitial preferencial de respeto y confianza porque eran los guías, los maestros, los que marcaban el camino y la ruta existencial a tomar.

Estos sabios conocían el orden armónico del universo y las directrices que éste brindaba, para poder unirse al ritmo del entorno natural. Aquí entraba el elemento del lenguaje escondido de la naturaleza y sus diferentes manifestaciones. La interpretación que éstos le daban al mensaje bucólico y a la gama de expresiones sensoriales, eran el reflejo que provocaba este sutil diálogo, sólo otorgado a ese selecto tipo de hombre. Sus rituales marcaban esa diferencia entre el mundo físico y simple, con el de la simbología implícita de la existencia. Razón por la cual, el orden de vida de esas épocas era marcado por esa sabiduría, marcado como la aspiración final a la que todos deberían llegar.


No es extraño que la tecnología moderna sea la herramienta que le muestre al hombre del presente siglo las respuestas escondidas en un simple y sencillo código de vida, regido por estilos de visión interior. Ésas que han estado presente en la quieta sabiduría de los antiguos, de los pueblos cuya vida se regía por este distintivo orden que servía de norma para vivir. Es como si al pasar del tiempo, la simpleza de ese conocimiento, de esa conexión con su naturaleza, fuera desapareciendo entre un oscurantismo de modernidad. Como si el materialismo creciente y el llamado progreso de las naciones fuera enterrando para siempre ese legado.

El reto de la era contemporánea es descifrar los volúmenes de sabiduría oculta en los rincones polvorientos del tiempo. Es culminar la búsqueda de la verdad perdida en el correr de los siglos con un nivel de conciencia más profundo, más sensible a las expresiones sutiles del interior innato que todos poseemos. El código de la vida está contenido, encriptado en aquello que el hombre mismo se niega a reconocer. Quizás la simpleza de los pensamientos, de las rutinas diarias, del reconocimiento de lo cotidiano como el presente y llave para entrar en ese estado de introspección que veían los sabios antiguos, en el amanecer, en la salida del sol, en las manifestaciones diversas de la naturaleza que los conducía a una verdad trascendental, única, sea la verdadera sabiduría que descifra el eterno dilema existencial.









 
 
 

Comentarios


Featured Posts
Vuelve pronto
Una vez que se publiquen entradas, las verás aquí.
Recent Posts
Search By Tags
Follow Us
  • Facebook Classic
  • Twitter Classic
  • Google Classic

¡SÍGUEME! 

  • Facebook Classic
  • Twitter Classic
  • c-youtube

Publicaciones Editorial ERA - Creado con Wix.com

bottom of page